Introducción. Hoy vamos a hablar de música, culturas y subculturas. Se ha puesto de moda en los últimos años, un estilo de música bastante particular. Algunos lo llaman reggaeton, otros pop urbano, también se le ha llamado hip hop latino, y de bastantes otras formas que no voy a mencionar porque en este momento no recuerdo. Lo que me interesa destacar de este estilo, es que las personas y bandas que lo integran, han asumido una postura aparentemente crítica y combativa. Cantan contra las estructuras, contra las drogas, contra la corrupción, contra la falsedad, etc. Son grupos conformados por gente latinoamericana que en su mayoría han nacido en barrios muy humildes, atestados de pandillas, de violencia, de muerte y de tristeza. Cantan mucho sobre el barrio y sobre lo dura que es la vida en él. Hablan de la discriminación, relatan que han sido olvidados y dirigen su discurso contra los ricos, los políticos, el sistema y, en casos excepcionales, contra la mar en coche. Como todos sabemos, la censura a la vieja usanza, consistente en prohibir la difusión de textos, discos y cualquier obra artística, ya no existe como tal. La nueva censura consiste en un mecanismo diferente. Ya no se le dice al poeta “no escribas eso” o “no hables de eso”, sino que ‘el sistema’ ha logrado pulir el método y ahora le dice al poeta “qué bueno lo que decís, cuán interesante”. Se le brinda una difusión desmedida y se le otorga al artista una fortuna incalculable, con la cual generalmente el cantor abandona el barrio que otrora inspirara su canción, y se va a vivir a un cántri o a algún barrio exclusivo.
Nudo. La cultura dominante en la mayoría de las sociedades del mundo actual, es la capitalista. Hemos llegado a un punto tal en que el dinero es la única forma en que un ser humano puede llevar una vida digna, tranquila y plena. Cada vez existen menos posibilidades de ir a buscar agua en el río, plantar las verduras o criar animales que provean de alimento, porque está todo lleno de cemento por todos lados. Ahora necesitamos pasar 8 horas en una oficina acomodando papeles y tocando botones en un teclado, para que cada 30 días nos den otros papeles que nosotros cambiamos por productos que no tenemos idea de cómo se obtienen ni cómo llegaron a ese lugar (si en este punto tu cerebro dijo “en camión”, tené cuidado… podría ser que no estés entendiendo lo que quiero decir, o que directamente seas un/a pelotudo/a. Fijate). Esta es la cultura dominante, la cultura en la que muchos de nosotros hemos nacido, la única que conocemos quizás. Estamos acostumbrados a esto. Sin embargo, este sistema, esta forma de organizarse, como todos saben, genera enormes desigualdades. Ya sea por la ambición desmedida de nuestra raza, ya sea por defectos congénitos inherentes al propio sistema; ya sea por una combinación de ambas, el asunto es que estas desigualdades existen y todos podemos verlas a diario. Y ante la existencia de esas desigualdades, aparece irremediablemente gente que se manifiesta en contra, que cuenta la versión de la otra vereda, que pide por favor que los que más tienen no sean moishes y repartan mejor la riqueza. Cuentan una realidad y buscan un cambio justo, un sistema que favorezca a más personas, básicamente. Hasta hace no muchos años, la respuesta ante este tipo de manifestaciones, era el uso de la fuerza, la censura. Se utilizaban las leyes para impedir la difusión de ideas que contravinieran los mandatos básicos del sistema, es decir, esas ideas que realmente pudieran hacer tambalear la sólida estructura que lo legitimaba. Con el tiempo, la eficacia de este mecanismo sencillamente desapareció. Por un lado, se volvió demasiado onerosa la implementación de un sistema de censura que pudiera detener una expresión popular cualquiera. Por otro lado, esta forma de combatir un movimiento contracultural sencillamente perdió legitimación. O sea que al costo dinerario se le sumaba el impacto negativo en la imagen que provoca la censura. Entonces el sistema mutó, se perfeccionó. Ahora sencillamente capta anónimamente al portador de la demanda, le da una casa en Beverly Hills, una Ferrari amarilla y un plasma de 105 pulgadas. Lo condecoran con infinidad de premios y reconocimientos, lo hacen viajar por el mundo. En fin, le hacen probar el dulce néctar de pertenecer, de “ser alguien” dentro del sistema, de ser un grosso y ser legal, de ser aceptado por la mayoría. Además se le hace creer que ahora su mensaje podrá llegar a mucha más gente, y que podrá aspirar a generar un cambio. Mierda de toro. En la cúpula del éxito, la persona ya estará tan confundida, tan ocupada, tan adornada, tan rodeada de parásitos, que con mucha suerte tendrá tiempo de sentarse a escribir. Y cuando finalmente se siente a escribir, lo último que habrá visto y sobre lo que podrá hablar serán aeropuertos, hoteles cinco estrellas, mujeres ardientes, escenarios repletos de gente coreando su nombre. Y esto irremediablemente impactará en sus canciones, en su poesía o en lo que sea que haga. Al final de este proceso, esta persona ya dejará de constituir una amenaza para el sistema. A la gente que le pasa esto se la suele acusar de haberse “vendido al sistema”. Y no es fácil de entender o percibir en toda su dimensión, pero en muchos casos, esta acusación es cierta. Más allá de que la música, para el caso, o la poesía, sigan siendo buenas. Cuando se le achaca a un artista de haberse vendido, es porque perdió la habilidad de criticar las injusticias y defectos de la cultura dominante. Venderse al sistema, para un artista, implica haber estado afuera, haber detectado y denunciado las fallas del sistema y luego haber sido captado y beneficiado por él. Y comprar a un artista, básicamente, es una cuestión matemática. Es cuestión de aumentarle los beneficios y distraerle la vista de las miserias. ¿Cuántos indigentes o gente con hambre vas a ver en un hotel 5 estrellas de Cancún? Ninguno. ¿Cuántas desigualdades sociales vas a captar viviendo en un cantri? Pocas. Y encima: si estás adentro del sistema y recibiendo muuuuuchos beneficios, quizás te empiece a costar un poco más cantar en contra ¿cierto? Ni hablar. Esta práctica se ha vuelto muy corriente, y se ha utilizado con infinidad de artistas, ya que la efectividad es muy alta, y el precio es cero. Simplemente darle al artista un porcentaje de las ventas que producen sus discos, sus recitales, sus libros, su obra. Usé el ejemplo del género musical latino porque es en el que, a mi entender, esto pasa con mayor evidencia. Son básicamente tipos marginados que cantan contra el sistema dominante, que no aguantan más la inseguridad, el miedo, la injusticia, y que se manifiestan en contra de la cultura dominante. El sistema los capta, le quita contenido al mensaje, lo empaqueta, lo publicita, lo vende y se enriquece en el proceso. Es redondo, porque además todo eso lo hace gente sin nombre. No hay nadie particularmente encargado de llevar adelante este proceso, sino que está debidamente complejizado y anonimizado (dos palabras recientemente inventadas por mí) para que no exista nadie a quien echarle la culpa. Porque, en última instancia, la responsabilidad (o la irresponsabilidad) es del artista. Y este proceso no respeta a los muertos tampoco. Fíjense lo que le pasó al Che Guevara por ejemplo. Ahora es re famoso y aceptado dentro del sistema, cuando justamente lo que el tipo quiso hacer toda su vida fue acabar con el mismo sistema que ahora fabrica y vende sus remeras, pósters y colgantes. Qué irónico ¿cierto? Se debe estar revolcando en su puta tumba.
Desenlace. Escribo sobre esto porque hoy vi la tapa de la revista Rolling Stone, que dedica el número al reggae. Pusieron a Fidel Nadal en la tapa con la leyenda “El Rasta que revolucionó el rock latino”. Así que abalacia los advierte: el proceso ha empezado para bajarle la caña al reggae. El reggae y la contracultura rasta han sido puestas en la mira. O sea, nos van a dejar fumar porro y usar el pelo raro, y mucha gente va a pensar que se ha ganado una batalla. Sin embargo, lo que ocurrirá será bien distinto. Sin que casi nadie se avive, lo que habrán hecho al final del día, será despojar de la cabeza de la gente, el mensaje más profundo del reggae, y pondrán al estilo de su lado, enriqueciéndose en el proceso. No tardarán en aparecer imbéciles con el pelo hecho rasta, con 3 lucas de ropa rasta de marca encima, con muchos símbolos de la cultura rasta, mucho azul, rojo y amarillo, mucha bandera de Etiopía, mucha remera de Bob Marley fumando chala (“porque yo fumo porro y soy re loco, pero estudio en la UADE porque quiero ser gerente de Coca Cola”); mucha chapa, pero sin ningún conocimiento real del movimiento. Sin contenido, sin ideas. Pura forma, pura vidriera. Y una vez más, nos complicarán la existencia a aquellos que sólo queremos vivir en paz. Porque empezará a hacerse cada vez más complicado encontrar artistas de reggae descontaminados y cultos. Y lo que más me duele es que la mayoría de la gente ni siquiera se va a avivar. Por eso Abalacia los previene. Así que los 3 lectores que mensualmente vienen a nutrir su mente aquí, serán los portadores de esta indiscutible verdad que abalacia expone hoy. Dejo una foto que se relaciona íntimamente con esta entrada, no tanto por lo que se dijo, sino porque acabo de ver que me fui al recontra carajo con la extensión. Si te fumaste el post hasta acá y sos varón, sos groso. Y si sos mina, sos grosa.
Hasta la próxima.
Hasta la próxima.
5 comentarios:
Fe de rastas:
Cuando escribí "azul, rojo y amarillo", me refería a "verde, rojo y amarillo".
Un típico error de daltónico.
Saludos.
jaja creo que me lo fume todo!
Aguante Latino Solanas!!!
KLLR: bajado al tema del latinazgo, digamos que el género ese supuestamente combativo que tiraban los latinos, ahora se convirtió en perreo y gilada.
A mi todo lo "latinoide" me da nauseas, llámese cumbia, salsa, merengue, reguetón, reggae..etc
El regueton siemrpe me parecio que era para hablar de culos gordos y mover la cinturita, no sabía que tenía supuestamente un trasfondo de protesta.
Lá música de protesta o como se llame nunca me ha gustado, creo que un músico debería dedicarse a hacer música no política. Por ej del llamado "Rock Nacional" siempre me ha gustado Soda, una banda con letras que te traen imágenes o conceptos pero no pretende remediar las injusticias ni cambiar el mundo.
Saliendo de lo nacional podría hablar de Nirvana que tambien toca temas muy internos en sus letras.
Me gusta la música que te mete en una atmósfera, que te transmite algo no tan literal, como violencia y/o perturbación, melancolía, etc.
El reggae es alegrón, y la gente del reggae es alegre aunque la letra hable de protestar, para mi en cambio la alegría en general viene asociada con un estado eufórico, no puedo estar "alegre y tranquilo", por eso creo que jamás me engancharía con la movida rasta y toda esa mierda de la cual pienso que ya se convirtió en lo que vos decís acá, un monton de giles con rastas fumones que no piensan.
La maquina de pisotear la "esencia" de las bandas o artistas que vos nombrás existe, le ha pasado por ej a metallica que no es ni una sombra de lo que fue, los tipos se llenaron de guita, se limpiaron de alcohol y ahora no transmiten nada.
Las culturas y subculturas han sido reducidas a una estética superficial como vos expresaste. Creo que a medida que fue avanzando el nuevo milenio muchas cosas han quedado vacias, huecas y sin esencia, todo esta sumamente estructurado y vanalizado, música, sexo, violencia, drogas, todo está como controlado, la gente esta totalmente masificada y no piensa por si misma, repite la mierda que le dicen. Por ejemplo el discurso zurdo y tolerante que tienen ahora casi todos los giles promedio es lo que ven en la tv, no lo ponen en duda, aceptan y listo.
Dudo mucho de que cada ser humano sea diferente y único, creo que hay un montón que podría destruirse y ser reemplazados por otros que piensan exactamente igual, por lo que la vida humana aunque a muchos no lo quieran ver no vale una mierda, vale menos que el petroleo y que un fajo de billetes, para mi hay gente que no vale un carajo y los pelotudos que escuchan regueton y cumbia villera son parte de esa gente.
Me fui al re carajo, pero ya que lo escribí le doy a "publicar" y listo.
No tengo mucha idea del tema, pero por lo que he investigado, el reggaetón de hoy es como una decantación del estilo ese presidiario que cantaba en rimas contra las injusticias. Es hip hop creo, o rap. Es la misma onda que los raperos negros yankees, que riman y bardean moviendo las manos y poniendo cara de duros. Lo más lamentable es que esos mismos latinos que cantan en pro de la identificación latina, el idioma, contra la injusticia y la pobreza, en realidad son imitadores de los raperos yankees, que casualmente son los causantes de todos los males contra los que luchan. Y también tienen metidas en el vocabulario cotidiano una cantidad de terminología yankee que es abrumadora.
El reggae si no me equivoco nace como una música de culto (el rastafario). Habla de cosas bastante espirituales pero en el fondo incentiva a la rebelión (onda "Stand Up for your rights, don't give up the fight" y todo ese tipo de consignas bien directas). Lo bueno es que no tiene ínfulas de hacer un sistema en torno a esa ideología. Dice que hay que plantarse, pero no dice cómo. En fin, tiene algún mensaje. No importa si estás de acuerdo o no, pero hay un mensaje claro que es "sos un comuñe y te están usando, avivate... aunque no quieras hacer nada por lo menos sabelo". Igualmente a mí no me gusta mucho el reggae, pero en aquel momento ya me re saltó la ficha de que lo están comprando todo. Fidel Nadal es una vergüenza la que está haciendo, ya se convirtió en un producto y seguramente debe tener bien armadito el discurso para justificarse con sí mismo.
Es tan cierto eso de que la gente no vale nada. Eso se ve en todos los ámbitos de la vida. Sólo valemos lo que te aprecian tus seres más queridos, después sos tan reemplazable como un rollo de papel higiénico.
Comparto eso que decís de la música, pero lamentablemente muchas veces se usa como herramienta de política, y si no de política, al menos de protesta. Es normal igualmente, que alguien que se sabe expresar musicalmente, de golpe tire alguna protesta. El tema es que hay extremos muy nefastos, como León Gieco o Silvio Rodríguez, que ya parecen sacerdotes de la boludez.
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