Abalacia... un sitio destinado a la reflexión sobre asuntos de bajísima trascendencia...

lunes, 23 de agosto de 2010

Feromona X.

Con la resaca que corresponde a cualquier despertar dominical, y con el agravante de haber asistido a un casamiento, me levanto. Mi pesada humanidad demora en en dar curso a las confusas órdenes que mis neuronas, en heroica sinápsis, logran a duras penas transmitir. Inmediatamente, quizás por aplicación de algún mecanismo de defensa, sobrevienen los recuerdos de la noche anterior. La diversión, el griterío, la improcedencia en su estado más prístino. El confuso recuerdo de todos aquellos factores que se reúnen en la nebulosa realidad de una pista de baile; íntimas danzas paganas perpertradas en la oscuridad de un salón, que otorgan, asistidas por la confusión de los vapores etílicos, un aura onírica a todo el ritual.

Con una sacrificada sonrisa en mi rostro, me dirijo a la heladera, con el determinado propósito de hidratar mi maltratado organismo. Creo que la inyección de placer que recibo a cambio de esta hidratación, lo justifica todo. Pero todo.


¡¡¡¡¡HIDRATACIÓÓÓÓNNNN!!!!! --> Esto es lo que siento en mi interior cuando me hidrato por la mañana. Un esqueleto heavy metal que grita HIDRATACIÓÓÓÓNNN!!


Mientras vuelvo al lecho concubinal la observo dormir. Me regocijo con la idea de que seguramente ya no le duelan más los pies, ni se sienta sola, ni se quiera ir. En este momento todo es placer. Para los dos. De algún modo es un momento feliz. Subrepticiamente una revelación arriba a uno de los últimos subterfugios disponibles en mi conciencia. "No puede haber otra explicación que no sea esta".

Me dispongo a investigar.

Abro un sumario (como la gran mayoría de las actividades de índole administrativa que trasuntan por mi vida, este sumario es de carácter ideal, o imaginario) que pretende recabar los testimonios y opiniones de personas en similar situación: parejas que van a los casamientos de amigos del novio. Rápidamente confecciono en mi mente una lista de candidatos. Les escribo un mail donde se barajan hipótesis y teoremas. La cadena se nutre, pero poco a poco todos caen rendidos ante la incontrastabilidad de mi teoría científica.

El planteo de la hipótesis es: ¿por qué las minas siempre rompen las bolas en los casamientos?; y el objetivo de la investigación es dar con las causas de este fenómeno, para tratar de combatirlo eficientemente.

En todos los casos se trata de minas independientes, que laburan, que ganan bien, que saben resolver situaciones de todo tipo. Ningún entrevistado adujo la compañía de una mujer subnormal o ultra dependiente. Ninguno de los consultados en el sumario dudó a la hora de responder que NO a la pregunta "¿Te pone nervioso delegarle alguna tarea de índole doméstica o intelectual?" Es por eso que el misterio se profundiza. ¿Qué pasa en los casamientos?

Y agudizando un poco más el análisis: ¿qué pasa con las mujeres en los casamientos? Porque cuando el hombre va a un casamiento de una amiga o conocida de ella, generalmente no tiene ningún problema en quedarse solo bebiendo, descontrolando o filosofando con el primer extraño que se cruce en su camino.


No son pocos los interrogantes. No. Son bastantes:

- ¿Por qué siempre le duelen los pies? Y en todo caso: ¿por qué no se sacan los zapatos o eligen otros distintos antes de ir? ¿Es necesario comprarse o pedir prestado un par de zapatos cada vez que hay un casamiento? Si se ponen todas de acuerdo en dejar de zorrear y ficharse la ropa, podrían hacer como nosotros, los machos, los pragmáticos y sencillos machos, que siempre vamos vestidos exactamente igual a todos los festines de matrimonio.

- ¿Por qué mutan en niñas de 5 años cuando uno las deja solas 15 minutos para ir a descontrolar en un trencito, o cuando se cuelga charlando con otro borracho en la barra? En cualquier otro contexto está todo bien, pero si se queda sola más de 5 minutos en un casamiento, automáticamente uno pasa a ser un desconsiderado Y un hijo de puta.

- ¿Por qué piensan de repente que todas las putas mujeres del lugar nos desean con lujuria? Quizás existió eras geológicas ha, algún momento en que dos mujeres distintas, en la misma semana, se fijaron en uno y se expidieron al respecto. Y ponele que, con toda la furia, eso fue hace 10 o 12 años. Dale. No salís con Alain Delon, y lo sabés. No me favorece este razonamiento, pero vamos, subsumámonos a la realidad. A la más cruda realidad.

- ¿Por qué carajo no se quieren poner en pedo y sumarse en la joda? Acá hay que abrir un amplio paréntesis: en una situación muy parecida a un casamiento en cuanto a locación, gente, morfi y chupi; pero con la única diferencia de tratarse de una fiesta de 15: ¿por qué no ocurren estos problemas? Y eso me consta. Si es otro tipo de festejo, los problemas desaparecen. ¿¿Qué carajo pasa con los casamientos?? Fiesta de 15: todo bien. No les duele nada, se empedan, vos te podés empedar y hay gilada hasta altas horas. Casamiento: no.

- ¿Por qué podemos embriagarnos a mandíbula batiente en cualquier festín, pero en un casamiento somos instados a moderar la ingesta?

- ¿Por qué en cualquier contexto pueden hacerlo, pero en un casamiento no pueden esperar al día siguiente para desglosar sus críticas?


La única explicación lógica que se me ocurrió, fue que es culpa nuestra: segregamos una hormona, feromona o enzima particular, cuyo resultado es que la fémina, al percibirla, se vuelve ortiva e intratable. Las primeras veces que esto ocurre, puede generar problemas. Incluso en las parejas nuevas, vemos cómo por darle cabida a toda esta retahíla de reproches, la novia consigue finalmente cagarle la noche al novio. Las veces que he presenciado algo como esto, un fuerte instinto de camaradería brotó en mí, y me dieron ganas de ir con ese flaco y decirle: "Yo te entiendo macho... ya te vas a acostumbrar... así es la cosa". Obviamente que jamás lo hice porque esto hubiera generado más problemas que soluciones.

Hasta ahora no he perfeccionado las posibles soluciones aplicables al problema enfocado desde esta óptica.

La idea de ponerle un broche en la nariz tiene desventajas insalvables, a saber:

a) Le quedaría mal, por lo que probablemente ella se negaría a lucir un broche en la napia.
b) Quizás la feromona o enzima se absorve por los poros, y la excentricidad de caer a un casorio con un broche en el naso deviene injustificada y ridícula.
c) Existe la posibilidad de que la enzima la generen ellas, mediante una glándula interna. Pero en este caso habría que investigar cuál es el factor externo que la estimula. Quizás el propio instinto de competencia que surge contra aquella fémina que ya ha conseguido enganchar un macho mediante el matrimonio, les activa una glándula que la ciencia no ha descubierto, y las hace comportarse erráticamente.

Hace tiempo he aprendido a ignorar cualquier tipo de reclamos y hacer de cuenta que fui solo, pero creo que esta solución no es justa ni feliz para todos, por lo cual quiero descubrir el origen del problema, con el propósito de darle adecuado y pronto finiquito.

Creo que todos aquellos que padezcan similar infortunio en esta clase de agasajos, deben unirse a esta cruzada.



Por un mundo mejor: ¡¡¡ABALACIA DICE BASTA, LA CONCHA DE LA LORA!!!, y toma la posta para denunciar y hacerse cargo de este grave entuerto.

Escucho teoremas, hipótesis, soluciones, amenazas y demás.
Salud.
 

miércoles, 18 de agosto de 2010

Cholulo y prejuicio.

Levanteme muy temprano en la madrugada, con el firme propósito de partir sin dilaciones hacia la oficina. Luego del obligado paso por el baño, cuyo propósito central consistía en excretar la producción nocturna de orines, me dirigí raudamente a la cama, a la voz de "cinco minutitos más". El teléfono celular me despertó a las 10 y 30 de la mañana, dándome a comprender que el ser humano siempre tropieza con las mismas rocas. Me proclamé, tras la certificación y rúbrica de escribanos recibidos y matriculados en mi imaginación, el "Rey del Autoengaño". La ceremonia de coronación, el acto inaugural de mi reinado, consistió en contestar los comentarios del demandante séquito de lectores del blog, luego de lo cual procedí a remover la mugre alojada en la vajilla empleada en la cocción e ingesta de la víspera. Luego de tender la cama y acariciar un rato a la gata (que no es lo mismo que "cachetear la nutria" ni "acogotar la gallina"), me desnudé y, sin más trámite, gané la ducha.

Media hora más tarde me encontraba saliendo del edificio, con absoluta parsimonia, conforme con la temperatura, aunque disconforme con los cúmulos y estratonimbos que mi dañada visión llegaba a percibir. La lluvia, aún en estado potencial, me resulta molesta e ingrata. Siempre voy a preferir un día soleado a uno lluvioso, del mismo modo que un rastafari preferirá ir a fumar hierba en la playa antes de ir a escalar el cerro Fitz Roy con un guía que no conoce otra bebida que el powerade o el agua pura de montaña.

Llegamos aquí al centro de mi relato, al nudo marinero de toda la cuestión. Al motivo esencial por el cual decidí escribir este inigualable texto. Luego de caminar las cuadras de rigor, llegué a la parada del colectivo que me trasladaría al sudafrentes. Es caprichoso el destino, porque únicamente se cumplen sus designios cuando una serie inalterable de pequeños factores y detalles se cumplen todos y cada uno, en un momento preciso y no en otro. Explicaré por qué digo esto: con el transporte público tengo una política bien definida, que sólo en forma excepcional, por motivos taxativamente enumerados en mi propio Código de Justicia Urbana, transgredo: no me subo en colectivos que no tengan asientos disponibles. Como a esa hora el colectivo suele venir vacío, me subí de forma autómata, descontando que encontraría albergue para mis posaderas. La incauticia puede sorprendernos en cualquier rincón del mundo, a cualquier hora y por cualquier motivo. Cuando advertí que había bastannnte gente parada, ya era tarde. Me encontraba arriba de la unidad y tenía detrás mío una vieja con bastón, a la que no quería arriesgarme a decirle que se corriera y bajar (como dije, estaba muy tranquilo y no me iba a someter a una potencial disputa con una vieja indudablemente de mierda). Debo insistir: estaba, y lo sigo estando, muy tranquilo, así que la perspectiva de viajar parado no me representaba una desventaja apreciable. En especial teniendo en cuenta que el colectivo demora 12 minutos en llegar hasta la puerta de mi trabajo.

Y así fue que, la suma de todos esos factores hicieron que abordara ese colectivo y no otro. Si me hubiera levantado a la mañana, si no hubiera lavado los platos, si no hubiera contestado los comentarios, si no hubiera hecho la cama, si hubiera respetado el Código de Justicia Urbana, si hubiera corrido a esa vieja. Son tantas cosas. Y adviértase que no estoy yendo para atrás. Conozco una persona que, ante una situación traumática en la que perdió a su mejor amigo en un accidente, se compró un cuaderno en el que se dispuso a anotar todas las cosas que, de no haber ocurrido, hubiera evitado la muerte de su amigo. Es una reflexión que, además de desvelarnos, puede llevarnos por caminos peligrosos y enfermizos; igual que los que estudian los decimales del número Pi: una manga de enfermos.

Me fui por las ramas, volveré al tronco. Una vez sacado el boleto, que correspondía de uno con veinte, pero pagué $1,10 (¿por rata? No, para sembrar el caos); hecho esto, decía, avancé para buscar un lugar donde permanecer parado fuera medianamente llevadero. Y ahí lo vi: ese era Ricardo López Murphy. Mi instinto más cholulo brotó inesperadamente. Mandé un mensajito de texto a mi novia informándole de la situación, y no pude leer mi libro porque constantemente tenía ganas de saludarlo y generar una conversación que pudiera incluir la palabra "Bulldog". Ni mis maquinaciones más optimistas lograron el resultado deseado, así que no le hablé, pero sí miré a la gente que lo circundaba, y unos cuantos me devolvieron un leve cabeceo, que confirmaba que el tipo era efectivamente López Murphy.



Todo lo que podía salir mal, salió mal, así que ahora viajo en bondi.



Se bajó a los 5 minutos y dos personas se pusieron a charlar. Pensé en meterme en esa conversación, pero me pareció aburrido y berreta, porque la joda era hablarle al flaco, no ponerse a departir con una persona NO FAMOSA sobre el avistaje de un famoso. Para eso tengo amigos, novia y conocidos.

El viaje siguió normalmente y me bajé del colectivo. Aunque suelo almorzar bastante tarde, la comezón bagrística comenzó a afectarme por algún motivo que no pude determinar. Determiné entonces que pararía en una panchería. Así lo hice, y luego de engullir vorazmente aquello que en Uruguay, sin razón aparente, denominan "frankfurter", seguí camino hacia mi trabajo. Únicamente restaba parar en un antro para comprar un cable. Allí me atendió una muchacha que disparó en forma inmediata y absolutamente inevitable, un vaticinio motivado y basado, fundamentalmente, en prejuicios.

La chica vestía un short de tela de bluyín (buscá esa palabra en el diccionario de la RAE y vas a ver que existe... hoy aprendiste algo nuevo), debajo de la cual lucía unas medias negras de esas largas, que no dejan ver las piernas. En el torso tenía una camiseta de San Lorenzo, tapada por un chaleco de un color que no retuve. Los labios le brillaban por obra de algún producto de imitación barata, y mascaba chicle como un rumiante, sin el menor disimulo, como si se tratara de una adivinanza popular cuyo objeto fuera la marca y gusto del chicle que mascaba. Tenía el pelo mitad pelirrojo y mitad negro, lo cual me hizo sospechar que se había teñido hace unos meses, sin haber nunca más hecho nada al respecto. Hablaba con una voz aguda y fuerte, sin ninguna delicadeza ni decoro.

En resumidas cuentas: era ordinaria como ataúd con calcamonías. Sin embargo, y no me pregunten por qué, la consideré hermosa. Pese a todos estos "defectos formales", me parece que es una chica transparente y buena. Una persona pura. No es la primera vez que la veo, la conozco; aclaro, para los que piensen que estaba arrebatando mis conclusiones. Sin embargo, hoy cuando la vi, lo supe. No sé cómo, pero simplemente lo supe. "Hoy tenés algo de gracia, las tetas enormes y culo parado, muchos hombres seguramente te deseen y la vida te sonríe; pero es cuestión de no muchos años hasta que te embaraces incautamente, te arruines los dientes, engordes, se te caigan las tetas y el pelo se te arruine definitivamente. Y ese día quizás te mires al espejo y un toque de remordimiento te agarre por no haberte cuidado aunque sea un toque." Pensé eso. Con absoluta crueldad el pensamiento me invadió sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Cuando estaba afuera, pensé que en el fondo eso nos va a pasar a todos tarde o temprano, así que no se justificaba haber tenido esa reflexión. Miré toda la gente que transitaba por la calle Florida, encendí un cigarrillo y me detuve a tratar de mirarlos a todos, y de cada uno pensaba "Vos te vas a morir, vos también, todos van a morir". Pensar que hiciera lo que hiciera, yo también moriría eventualmente, me dio fuerzas para empujar la pesada puerta y entrar a la oficina para trabajar, como todos los días.

Sin embargo, casi no he trabajado desde que entré.


Salud.
 

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No sé bien para qué verga sirve esto.