Ya he destilado el correspondiente desprecio contra los refraneros acá.
Cuando una persona, generalmente despojada de todo indicio de facultad o terciario mental, manifiesta: "EH! SE JUNTARON EL HAMBRE Y LAS GANAS DE COMER":
¿A qué carajo se está refiriendo?
¿A que se juntaron dos sinónimos?
¿A que dos mellizos se unieron con algún propósito?
En serio: ¿qué carajo quiere decir con todo eso?
En serio: ¿qué carajo quiere decir con todo eso?
Si el hambre y las ganas de comer son exactamente la misma cosa, o al menos una es consecuencia de la otra, si nos ponemos a hilar fino.
¿Y si yo digo que se juntaron la mierda y las ganas de cagar? ¿Y si digo que se juntaron la erección y las ganas de garchar? ¿Qué pasa? ¿Soy un maleducado? ¿Está mal que diga esas cosas? ¿Tengo que decir que se juntaron el hambre y las ganas de comer? ¿Rambito y Rambón? ¿Eh? ¿Eso tengo que decir? ¿Tengo que decir "hablando de Roma" cada vez que viene una persona de la que estoy hablando? ¿Tengo que decir que estoy hablando de Roma aunque esa persona no se llame así? ¿Por qué? ¿Y si no quiero? ¿Y si antes que eso prefiero perforarte un dedo con un destornillados tipo parker?
Generalmente este nefasto refrán se usa en círculos de pelotudos cuando dos personas que comparten alguna travesura, vivencia, anécdota, o alguna característica saliente, se juntan. Por supuesto que quien lo dice es blanco inmediato del más profundo y silencioso de mis desprecios.
Así quedó la última conchuda que dijo este refrán delante mío.
Y le tuve compasión porque es mi vieja.
Hoy en el ascensor una persona de mi trabajo, que casualmente era mi jefe, pretendió gastarme una broma frente a otras personas que habitaban el ascensor, y que pertenecían al glorioso sexo femenino. Como tengo la barba sin afeitar hace 19 décadas (1,9 siglos), naturalmente queda muy desprolija, se enrula y a veces se caen pelos que viven un tiempo en la solapa de mi saco. Lo que podríamos llamar "un impresentable hijo de mil putas". La cuestión es que esta persona destacó esta circunstancia y me dijo "Oh!, he aquí un pelo enrulado en tu solapa... desconozco qué será lo que anduviste haciendo". Muy alegremente le contesté que la presencia de dicho pelo en la solapa, se debía a que "me estuve rascando las bolas con los dientes". Todas las desconocidas que habitaban el ascensor rieron y ahí yo me ruboricé con justa causa. Por supuesto que luego me pidieron autógrafos, números de teléfono y sexo grupal, pero como buen caballero que soy, les dije a una por una que se fueran a cagar a la fonda, que yo con androides no acostumbraba garchar. Una amagó un rodillazo a mis testículos, pero al advertir que son de titanio, decidió proteger la integridad de su rótula.
Lamentablemente olvidé a qué venía todo este episodio. Quizás simplemente quería comentarlo porque me pareció graciosa la ocurrencia. Como todos ustedes sabrán, es casi imposible rascarse las pelotas con los dientes.
Bueno señores, se han juntado el alcoholismo y las ganas de chupar, así que es momento de levantar mi corporativo ortën de este corporativo escritorio, ganar la calle hacia el primer supermercado abierto e increpar a la koreana para que me entregue la birra más helada que jamás haya entregado.
Con fingida cordialidad, los saludo hasta la próxima!! Ah, y si tienen tiempo y ganas, no olviden irse un toque a cagar! Es sano.
Salud.
